Enredando nuestras vidas: Internet, teléfonos y redes sociales

Por Gustavo Macedo Perez

Según datos recientes recopilados por el New York Times, un adulto revisa su teléfono celular en promedio 150 veces al día, o una vez cada seis minutos. Si se trata de un adolescente, la cifra asciende a la alarmante cantidad de 282 veces diarias. Las adicciones a las redes sociales nos han convertido en seres ansiosos, con una constante necesidad de saber lo que está pasando a nuestro alrededor y difundir lo que sucede en nuestras vidas.

Los protagonistas de nuestra propia película

Plataformas como Facebook, Instagram o Twitter han contribuido a generar una dinámica de ensimismamiento: documentar el día a día se ha convertido en una necesidad básica de la vida moderna. No es casualidad que nuestro lenguaje esté lleno de palabras nuevas asociadas a los términos con los que nos desenvolvemos en el mundo virtual. Tampoco es coincidencia que el Oxford Dictionary haya seleccionado un emoji como palabra del año en 2015, o que en 2014 la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) concediera el mismo reconocimiento a “selfi”. En el juego de las redes sociales, “atención” es la palabra clave: buscamos el reconocimiento y la autoafirmación a partir del número de likes que somos capaces de conseguir. Nuestras vidas han comenzado a girar en torno a lo que compartimos con los demás usuarios: hacer un check-in en determinados sitios legitima nuestro poder adquisitivo o la disponibilidad de tiempo recreativo; hacernos una selfi nos predispone a buscar la aceptación de los demás; conseguir un número decente de seguidores en Twitter muestra al mundo que somos personas carismáticas e interesantes, dignas de ser escuchadas. 

Las relaciones de pareja en la era de la información

En 2016, la revista Psychology of Popular Media Culture publicó un estudio donde asegura que el 70% de las mujeres encuestadas piensa que los teléfonos inteligentes están afectando negativamente su relación. En contraste, una de cada cuatro respondió que su pareja enviaba mensajes de texto o respondía su celular cuando estaban manteniendo una conversación. La adicción a las redes sociales ha evolucionado al grado de alienar las relaciones humanas: la necesidad de documentar nuestras vidas y de estar presente a toda hora y en todo momento han ocasionado que nos ausentemos del mundo real para estar activos en el mundo virtual. 

Graciela, de 28 años, cuenta que aplicaciones como WhatsApp o Messenger han provocado peleas en sus relaciones. “Ya no existe la privacidad. He tenido que lidiar con parejas sumamente celosas, en las que la relación ha terminado por culpa de unos cuantos mensajes en WhatsApp o por no compartirles la contraseña de mi teléfono”.

Aplicaciones como Tinder o Grinder han revolucionado el mundo de las citas: basta deslizar la pantalla para elegir a un prospecto. Somos capaces de elegir con quién salimos basándonos en la apariencia y en una precaria descripción autobiográfica. Es verdad que la tecnología ha agilizado los procesos para conocer a una persona. No obstante, no todo es miel sobre hojuelas. Idealizar el amor con base en una percepción superficial es una actividad riesgosa. Alejandro, un oficinista de 34 años, cuenta que conoció a su actual pareja en Tinder, “(...) pero antes tuve un par de citas de terror: mujeres con las que no podía sostener una conversación o con las que era incapaz de encontrar un punto en común. Es como tirar los dados: para ganar, quizás uno tenga que equivocarse muchas veces”.

El trabajo y las redes sociales: ¿incompatibles?

Vivimos en un mundo hiperconectado: es casi imposible encontrar un lugar que carezca de conexión a Internet. Muchas oficinas y lugares de trabajo han implementado filtros para evitar que sus empleados husmeen en redes sociales y desperdicien su tiempo. Sin embargo, las estrategias implementadas por las empresas para limitar los sitios que visitan sus empleados parecieran ser infructuosas: en este mundo virtual lleno de posibilidades, prácticamente no hay forma humana de estar desconectado.

La manera en la que compartimos contenidos en nuestras redes sociales se ha vuelto un arma para los empleadores, al grado que consideran hacer una investigación en Facebook antes de contratar a alguien. “Siempre considero dos filtros para contratar a una persona”, afirma Manuel, dueño de una pequeña empresa, “El primero es la entrevista. Cuando alguien ya ha pasado ese nivel, reviso un poco entre sus redes sociales: me interesa saber qué comparten, qué hacen en su tiempo libre y si tienen la capacidad de tomar la responsabilidad del puesto que les ofrezco”. Ser responsables con los contenidos que compartimos en redes sociales (no todo es apto ni merece la pena ser divulgado) es una buena manera de ahorrarnos un posible trago amargo. Preguntarse si de verdad el mundo necesita ver una foto nuestra en una situación comprometedora es de gran ayuda en esos casos.

Las redes sociales se han convertido en medios de comunicación prácticamente infalibles, pero también peligrosos: las extorsiones, la suplantación de identidad y la clonación de tarjetas son tan sólo algunos de los fraudes más comunes. En una era determinada por la saturación informativa, lo más importante es ser usuarios responsables, dispuestos a utilizar los canales de comunicación virtual con la seriedad que demandan.

Fall 2017

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