Gente del Barro: la cerámica de Mata Ortiz

Hace novecientos años, un alfarero esperaba a que su vasija se enfriara. Había pasado casi tres semanas trabajando en ella y ahora no podía hacer sino desear que los bruscos cambios de temperatura no la hubieran quebrado.

Desesperado, decidió destapar la cubierta del horno cuando esta aún no podía tocarse con la mano desnuda. El humo lo hizo girar la cabeza y cerrar los ojos, pero siguió metiendo las manos protegidas con trozos de tela. Levantó la pieza y le sopló para retirar los restos de ceniza que la cubrían. Sonrió al ver los trazos que él mismo había realizado unos días antes sobre la vasija: unas grecas casi abstractas, que para él claramente representaban una serpiente con cabeza de guacamaya. Este hombre vivía en Paquimé, intrincada ciudad en que habitaban cerca de dos mil personas cuando él trabajó en ella. Trescientos años después de que hubiera admirado su pieza terminada, la ciudad estaba abandonada y la pieza —como muchísimas otras cosas— desecha en pedazos y cubierta por la tierra.

A siete siglos de su abandono, la ciudad de Paquimé permanece orgullosa en las afueras de Casas Grandes, población al noroeste del estado mexicano de Chihuahua, a apenas 200 millas de Las Cruces. Sus ruinas silenciosas esconden la historia de una civilización en que se desarrolló una cerámica única en su tipo y que, repentinamente, cesó de producirse en el siglo XIV… para revivir en la década de los sesenta del siglo pasado.

Hace cincuenta años, un alfarero esperaba a que su vasija se enfriara. Había pasado tres semanas trabajando en ella y ahora no podía hacer sino desear que los bruscos cambios de temperatura no la hubieran quebrado, tal y como le había sucedido a cientos de piezas con las que había experimentado por meses. Desesperado, decidió destapar la cubierta del horno cuando esta aún no podía tocarse con la mano desnuda. El humo lo hizo girar la cabeza y cerrar los ojos, pero siguió metiendo las manos protegidas con trozos de tela. Levantó la pieza y le sopló para retirar los restos de ceniza que la cubrían. Sonrió al ver los trazos que él mismo había realizado unos días antes sobre la vasija: unas grecas casi abstractas que había copiado de los trozos de otra vasija que desenterró a unos cuantos kilómetros de ahí. Este hombre vivía en Mata Ortiz, una desolada población a 18 millas de Paquimé. Concebido como hogar para los trabajadores de un taller ferroviario, el pueblo quedó prácticamente abandonado cuando la compañía del ferrocarril se retiró, privando a sus habitantes de su principal actividad económica.

Para quienes vivían cerca de la zona arqueológica de Paquimé, no era raro encontrar en el suelo trozos de piezas de cerámica, o incluso piezas completas, muchas de ellas sencillas y carentes de decoración; pero muchas otras profusamente pintadas con motivos negros y rojos. Nuestro hombre del poblado de Mata Ortiz recogía estas piezas y, mientras veía hacia las montañas, pensaba: “Las personas que fabricaron esto tuvieron que haber usado los materiales de estas tierras, ¿cómo lo hicieron?”. Así que comenzó a escarbar en diferentes barrizales de los alrededores, mezclando tierras y minerales sacados del suelo, buscando emular aquellas piezas que los antiguos hacían. Utilizó esos mismos minerales para generar los pigmentos con los cuales pintar sobre el barro. Pensó que lo más seguro era que aquellos ceramistas milenarios hubiesen utilizado sus propios cabellos como cerdas para sus pinceles. Infirió que las cortezas de los álamos que se yerguen junto a los ríos y el estiércol seco de los animales de granja podrían utilizarse como combustible para los hornos improvisados donde quemaba sus piezas. Finalmente, tras muchos ensayos y más errores, aquel día logró crear una pieza igual a la que el otro hombre había creado hacía novecientos años, igual a la cerámica arqueológica de Paquimé.

La técnica de alfarería fue rápidamente asimilada por los vecinos del poblado de Mata Ortiz, quienes agregaron la elaboración de piezas de cerámica a sus actividades habituales —el pastoreo y la agricultura. No tuvo que pasar mucho tiempo para que algunos de los ceramistas se aventuraran a ignorar los diseños de las piezas arqueológicas y comenzaran a crear los propios, generándose verdaderas piezas de arte contemporáneo basadas en una técnica prehispánica de alfarería.

Hoy Mata Ortiz cuenta con una población de alrededor de dos mil personas, de las cuales quinientas se dedican a la elaboración de piezas de cerámica. Sus trabajos se exhiben en galerías y museos en sitios tan lejanos como Japón y son especialmente apreciadas en el suroeste de los Estados Unidos.

Hoy Mata Ortiz cuenta con una población de alrededor de dos mil personas, de las cuales quinientas se dedican a la elaboración de piezas de cerámica. Sus trabajos se exhiben en galerías y museos en sitios tan lejanos como Japón y son especialmente apreciadas en el suroeste de los Estados Unidos. Los trabajos de los más renombrados artistas de la región se cotizan hasta en los cinco mil dólares y varios de los humildes vecinos del pueblo han sido galardonados con importantes premios de los circuitos del arte.

Pero no es solo el talento y la creatividad de sus creadores lo que hace a la cerámica de Mata Ortiz tan especial y apreciada en la actualidad. Su técnica, desarrollada hace más de mil años en Paquimé, suma también a su valor. En la elaboración de estas piezas no se utiliza ningún instrumento sofisticado —ni siquiera el tradicional torno con que asociamos a los alfareros— o insumos producidos industrialmente. El proceso se realiza totalmente a mano y los materiales son extraídos de la tierra por las propias familias de Mata Ortiz. A manera de broma, uno de los ceramistas de la región comentó alguna vez que todo lo que se necesita para iniciar un negocio de cerámica eran “veinte pesos y mucho, mucho, muchísimo trabajo duro”.

Existen tantos estilos estéticos para la realización de las piezas de cerámica como ceramistas hay en Mata Ortiz. Las variaciones se dan desde el tamaño y forma de las piezas, donde algunos usan sus manos para levantar del barro vasijas u ollas de aspecto simétrico y formal; mientras que otros realizan en la boca de las piezas elaborados cortes decorativos o incluso fabrican piezas en formas de animales. Los diseños plasmados sin ningún tipo de guía o patrón son también de muy diversos géneros, desde los más cercanos a la gráfica roja y negra de las piezas de Paquimé hasta los intrincados patrones realizados en colores desarrollados durante los últimos años, tales como el turquesa, el verde y el azul.

La magia de la cerámica de Mata Ortiz reside en cómo un pueblo supo leer su historia en la tierra y no se conformó con conocerla o preservarla, sino que buscó el modo de continuar escribiéndola. El pasado prehispánico de la cerámica de Paquimé no es un espíritu que haya muerto: solo tomó una siesta de setecientos años y despertó, con renovado vigor, a continuar plasmando su legado a través de las manos de los hombres y mujeres del barro.



Fall 2011
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