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El Sembrador

Por Wade Anthony Cornelius y William Cornelius

Es una fresca tarde de domingo cuando salgo a mi porche. Desde mi casa campestre miro hacia el horizonte y, tomando el escenario frente a mí, nubes anaranjadas se deslizan sobre el profundo cielo azul, reflejando los últimos rayos del sol poniente de Nuevo México. Una gentil brisa se mueve sobre el paisaje mientras el desierto comienza a tomar vida con los sonidos de la noche.

La belleza y alegría de la escena me envuelven. En ese momento siento toda la vida de mi espíritu interno y advierto le renovada paz de Dios en mi alma. “¿Qué otro lugar en la tierra —me pregunto—  podrá ser tan hermoso y tan útil para la reflexión como esa puesta de sol, ese cielo extraordinario y ese tramo del campo?”.

Cada uno de nosotros ha tenido momentos de sentir la naturaleza a su propio modo, cuando el Divino nos habla a través de las maravillas de Su creación. Ya sea una puesta de sol, la cima de una montaña, la vista del océano o una mañana gloriosa, nuestras experiencias con la naturaleza acogen la tranquilidad de la Presencia de Dios hablándonos en Su creación.

A través de las Escrituras, Dios seguido se comunica a través de la naturaleza. Es utilizada para describir Su carácter y el carácter de otros, para enviar advertencias, brindar aliento, o para explicar la naturaleza espiritual de nuestras almas. Una de estas historias es la Parábola del Sembrador. Es una historia que identifica el impacto de la Palabra de Dios sobre cada persona que escucha Su voz.

La parábola

En el mar de Galilea, Cristo se sentó en un bote frente a una gran multitud que se había reunido para escuchar Su Palabra. En las laderas había campos que en su momento rendirían cosecha. El Salvador utiliza este escenario para hablarle a la multitud.

“He aquí, el sembrador salió a sembrar.
Y cuando sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.

Y parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra;
y brotó luego, porque no tenía profundidad de tierra;
Y parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra;
y brotó luego, porque no tenía profundidad de tierra;

Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron.

Mas parte cayó en buena tierra y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno.

El que tiene oídos para oír, oiga”1.

La explicación

Las parábolas de Jesús eran contadas de un modo común y ordinario. No utilizaba un enfoque filosófico, sino uno que fuera entendible. Quienes lo escuchaban podían haber comprendido fácilmente la naturaleza de sembrar un campo. Muchos eran granjeros y trabajadores del campo, labrando terrenos, plantando semillas y levantando la cosecha.

El significado de la parábola es simplemente fácil de comprender. No hay necesidad de una interpretación humana; Cristo brinda la explicación en la misma narración del Evangelio.

El sembrador salió a sembrar 

El sembrador de la semilla es el mismo Señor. Jesús dice, “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre”2. Su propósito era plantar la semilla del Evangelio en los corazones de la humanidad.

Para muchos de sus oyentes, esto fue una decepción. Esperaban un mesías que derrocaría los reinos terrenales, ejercería Su poder en la tierra, y establecería Su propio reino.

Cristo vino con un propósito diferente. Vino a sembrar el mundo con verdad. Desde la caída del hombre, Satanás ha estado sembrando las semillas del error. Fue por una mentira que obtuvo control sobre el hombre en el Jardín del Edén y continúa trabajando para atraer el mundo bajo su poder. Cristo vino a sembrar las semillas de la verdad.

Años después de esta parábola, al estar frente a Poncio Pilato, Jesús proclamó el propósito de su vida en la tierra: “Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz”3.

En esta parábola del sembrador, se nos dice qué es lo que distingue a aquellos que escuchan Su voz de los que no.

… parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron 
“Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende”, explicó Jesús, “viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón”4

El conocimiento de la Biblia es la receta para la vida eterna. Su carencia es la principal causa de debilidad espiritual. En el Jardín del Edén, las primeras palabras dichas por el tentador fueron para poner en duda la Palabra de Dios — y lo logró5. Sin embargo, falló en el desierto al tentar a Cristo cuando el Señor respondió “Escrito está”6. La tentación fue superada por conocer, vivir y esparcir la Palabra de Dios.

Y parte cayó en pedregales 
La semilla que cae en terreno rocoso, explicó Jesús, se refiere a alguien que escucha la Palabra y enseguida la recibe con gozo. Pero, ya que no tiene raíz, perdura sólo por corto tiempo. Al llegar problemas o persecución debidos a la Palabra, rápidamente caen7.

Aquellos que no consideran el costo del discipulado rápidamente pierden su fe. Aceptar la voluntad de Dios significa considerar nuestros hábitos de vida en relación con las Escrituras y ser dóciles a la guía de Dios.

Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron 
“Y el que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra; pero el afán de este mundo, y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa”8.

Para muchos, las semillas del Evangelio caen entre espinas. Esa es la vida apesadumbrada por las preocupaciones, el pecado y los viejos hábitos que no cesan. Si estos atributos no se remueven, no habrá espacio para que la semilla crezca. Las espinas y la mala yerba no necesitan ayuda alguna. Al asomarnos vemos que en poco tiempo han consumido nuestras yardas, mientras que la Palabra de Dios necesita ser cuidadosamente cultivada para echar raíz y crecer en nuestras mentes y corazones.

Mas parte cayó en buena tierra y dio fruto 
“… éste es el que oye la palabra y la entiende, y lleva fruto; y lleva uno a ciento, y otro a sesenta, y otro a treinta por uno”9.

La persona de buena tierra no es siempre la persona que está bien con Dios. “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento”10.

Aquellos que escuchan la Palabra, la acogen en su corazón y se rigen por su verdad, se encuentran en buena tierra. Dios puede obrar en la vida de un creyente así. Las Escrituras nos aseguran:

“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”11.

Oídos para oír
La expresión “oídos para oír” fue usada por Cristo siete veces durante Su ministerio con el propósito de enfatizar en lo que acababa de decirse.

En esta parábola aprendemos que el crecimiento de las semillas depende totalmente del suelo en que caen. No hay nada diferente en el sembrador o en la semilla. La obra de Dios sólo puede lograrse en nuestros corazones si nos preparamos para ella.

El poder de decisión es nuestro, y depende de nosotros determinar en qué nos convertiremos. Los oyentes lado del camino, pedregales, y tierra con espinas no necesitan permanecer así. 

Nuestro Dios es un Dios de segundas oportunidades. Hayas hecho lo que hayas hecho, quienquiera que hayas sido, puedes ser perdonado.

“El que oye mi palabra”, proclamó Jesús, “y cree al que me envió, tiene vida eterna”12.

La verdad está llamando. ¿Responderás? 

1  Mateo 13:3-9
2  Mateo 13:37
3  Juan 18:37
4  Mateo 13:19
5  Génesis 3:1
6  Mateo 4:4
7  Mateo 13:20
8  Mateo 13:22
9  Mateo 13:23
10  Lucas 5:32
11  1 Juan 1:9
12  Juan 5:24


Spring 2017

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